El proceso de fabricación de Ellanno no es un simple proceso: es una práctica de moderación, cuidado e intención. Cada prenda se moldea lentamente, donde la singularidad de la naturaleza se refina mediante la mano del hombre y una precisión serena.
El viaje comienza en los Andes peruanos, donde las alpacas pastan libremente en llanuras abiertas. Son criadas por familias que las tratan no como rebaños, sino como compañeras; cada alpaca se distingue por su temperamento, ritmo e individualidad. Su lana no se les quita, sino que se recibe una vez al año, como parte de un ciclo natural que garantiza su bienestar.
La esquila se realiza solo una vez al año, con cuidado y siempre a mano. Solo se retira el vellón sobrante, lo que mantiene al animal fresco y cómodo durante los meses más cálidos. El acto no es mecánico, sino ritual: un gesto de gratitud, donde la comodidad de la alpaca antepone su rendimiento.
Tras la esquila, los artesanos clasifican el vellón con paciencia y pericia. Las fibras se separan por tipo (Baby Alpaca, Suri), por finura (micras) y por tono (marfil, camel, gris, marrón). Solo se seleccionan las hebras más exclusivas, aquellas con suavidad, brillo y resistencia. Esta discreta selección garantiza que cada prenda de Éllanno provenga de lo mejor que la naturaleza puede ofrecer.
El vellón seleccionado se limpia mediante un proceso de bajo consumo de agua con saponinas botánicas de un jaboncillo andino, preservando así su suavidad natural. Lavar no es borrar, sino preservar: la fibra permanece ingrávida y auténtica. Lo que permanece es pureza: una fibra que aún conserva la memoria de la tierra, el animal y su origen.
La mayoría de las fibras conservan sus tonos naturales (marfil, camello, carbón), mientras que algunas piezas se tiñen con tintes botánicos extraídos de plantas y flores peruanas, aplicados con moderación para conservar la esencia de la fibra. El color siempre es sobrio, nunca estridente.
Desde aquí, la transformación continúa gracias al contacto humano. Hilanderos, tejedores y tejedores se mueven con un ritmo mesurado, transmitiendo conocimientos preservados de generación en generación. Su maestría no se basa en la velocidad, sino en la presencia. Se considera cada detalle, por lo que lo que sostienes no solo está hecho, sino compuesto.
Antes de cortar y ensamblar, se revisa cada lote para comprobar su consistencia al tacto, resistencia al pilling (Martindale), estabilidad dimensional y armonía de tonos. Solo cuando se cumplen estos estándares, se cortan los paneles y se empiezan a moldear.
Los paneles de tela o punto se cortan con proporción y precisión. Los sastres cosen y ensamblan lentamente, asegurándose de que las costuras estén equilibradas y los bordes se perfeccionen a mano. Los botones, forros y ribetes se añaden con moderación, nunca como decoración, sino como complemento. El resultado es una prenda de silueta definida y presencia perdurable.
Cada decisión en el proceso de creación se toma con un solo propósito: crear prendas que transmitan serenidad, temporada tras temporada. Lo que comienza como fibra, continúa con intención, hasta que se convierte en algo que perdura silenciosamente.